En San Lorenzo descubrimos que los verdaderos tesoros de la Iglesia son los pobres. Su valentía desenmascara nuestros miedos: cuántas veces callamos o nos acomodamos por el qué dirán. Jesús lo deja claro: solo quien muere a su egoísmo da fruto. Esta meditación es una llamada concreta a dejar de vivir para uno mismo y empezar a entregarse de verdad.
El evangelio de hoy es una montaña rusa de emociones. Se pasa de la alegría y la seguridad al temor y la desesperanza, para terminar en la seguridad de la fe. No es la primera vez que pasa ni la última. ¿Qué quiere Jesús que aprendamos con esto?
Muchas cosas se quedan sin hacer porque nos falta fe. La fe no la podemos adquirir por nuestro propio esfuerzo. Es necesaria la humildad para reconocer que solos no podemos nada. Necesitamos de Dios. Si somos humildes y le pedimos al Señor la fe. Dios nos alcanza ese tesoro que nos hace ver las cosas con un realismo impresionante y además nos fortalece y nos llena de paz. La fe puede aumentar si le pedimos a Dios. Vale la pena crecer en la fe para llegar a las metas que Dios nos pide y poder ser un buen instrumento de Dios para salvar las almas. La meta es el Cielo y para tener los pies bien puestos en la tierra debemos Mirar a la meta y saber que Dios nos alcanza los medios para llegar.
Pedro sube al Tabor con una idea equivocada de Jesús, y allí recibe una luz que le permitirá atravesar la oscuridad de la Cruz. Eso permite que la meditación no se quede en «qué bonito estar con Jesús», sino que llegue a una pregunta muy concreta: ¿qué hago con Jesús cuando la vida deja de parecerse a lo que yo esperaba?
En el año 1818 un sacerdote de la diócesis de Lyón es destinado a una pequeña aldea, llamada Ars. El sacerdote es Juan María Bautista Vianney, pero ha pasado a la historia como el Santo Cura de Ars. El sacerdocio “es algo tan maravilloso, que el sacerdote sólo lo comprenderá totalmente en el cielo. Si lo entendiera en la tierra moriría, no de miedo, sino de alegría” (San Juan Bautista María Vianney).
Todos hemos experimentado el hambre. El hambre de una caminata, el hambre después de una jornada larga de trabajo o de estudio. Pero el Evangelio de hoy nos descubre otra realidad: Jesús también tiene hambre. Hambre de corazones generosos. En la multiplicación de los panes, el verdadero milagro comienza cuando alguien se atreve a poner en sus manos lo poco que tiene. Esta meditación es una invitación a preguntarnos, delante de Jesús: ¿qué estoy guardando para mí que podría alimentar la vida de los demás?
Hoy en la primera lectura Dios por medio del profeta Isaías promete que nos alimentará. En el Evangelio esa promesa se hace realidad, nosotros ahora podemos alimentarnos de esos platillos sustanciosos