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Millones de cristianos gastamos tiempo y energía esperando que Dios nos revele Su voluntad, quizás porque queremos librarnos de nuestra responsabilidad en vez de actuar y tomar decisiones importantes. La oración y la búsqueda de la voluntad de Dios serán eficaces sólo cuando dejemos de usarlas como sustituto al sentido común. Cuando usamos a Dios para justificar nuestra indecisión, terminamos espiritualizando nuestra inmadurez. Dejemos de manipular el nombre de Dios para validar nuestros miedos. No esperemos hasta que el sufrimiento de la vida nos obligue a atravesar una puerta que la sabiduría nos invita a elegir ahora. Seamos personas sabias, caminemos con fe y entendimiento y terminemos, de una vez por todas, con el viejo y peligroso “Dios me dijo”.
Cuando nos negamos a perdonar a quienes nos han ofendido, con frecuencia vamos por la vida inventando calumnias, asignando apodos, levantando muros y reclutando cómplices para alimentar nuestro odio. Pero Jesús no nos dio opción: nos ordenó amar no sólo a los extranjeros y a los pecadores, sino también a quienes son nuestros adversarios. Él vinculó el perdón que recibimos del Padre con el perdón que otorgamos a los demás. Nos guste o no, estamos llamados a amar... ¡incluso a nuestros enemigos más cercanos!
A los férreos defensores de la ley, les escandalizaba que Jesús se sentara a comer con prostitutas de burdel, comerciantes de dudosa reputación, adúlteros, ladrones, y fornicarios. No entendieron que esto no implicaba que Él aprobara sus malas obras, sino que deseaba estar cerca de ellos para, precisamente, liberarlo de ellas. Hoy sigue siendo fundamental que los cristianos entendamos que estar cerca del pecador no significa relativizar su pecado, sino amarlo para que Cristo lo redima. Si nuestra mesa sólo admite a los “correctos”, quizá no se parece tanto a la de Jesús. Él no levantó muros; extendió la mesa. ¿Y nosotros?
La fe en Dios no es un seguro contra la adversidad; los días difíciles llegarán y exigirán decisiones de fe. Y cuando todo a nuestro alrededor intente quebrar nuestra alma, el Señor será nuestra roca para mantenernos en pie. Él conoce nuestro dolor y no nos juzga por estar atravesando un desierto. Así que no te preguntes por qué estás pasando una tormenta; pregúntate para qué. No te rindas. El mismo Dios que permite la prueba es el Dios que te sostendrá hasta el final. ¡Confía en Su plan de entrenamiento!
En medio de todos los contratiempos e infortunios, Dios está ordenando lo mejor para nuestro futuro. Cada cosa que ocurre en nuestros días está diseñada para acercarnos más a Él y a nuestro propósito. Quizá hoy sientas que estás en el pozo; tú y tu familia, rodeados de fracasos y frustraciones, encarcelados en su propia versión de la cárcel egipcia. Pero Dios ve a un guerrero en ti y hoy te dice: tu familia necesita a un José. Atrévete a ser un mensajero de gracia en un día de rencores y revanchas; un firme eslabón en la cadena de fe. ¡Un mensaje retador!
Hoy en día, la exposición constante a estímulos emocionales a través de las redes sociales está adormeciendo nuestra compasión y encogiendo nuestro amor por los perdidos. Cuanto más vemos situaciones de sufrimiento, más difícil se vuelve preocuparnos y hacer algo al respecto. Tristemente, esto resulta en personas que quedan sin alimentar, gente confundida sin aconsejar y gente perdida sin alcanzar. La compasión verdadera siempre exige acción concreta. Cada acto de generosidad que realizamos desata un efecto dominó que puede cambiar el curso de la historia y, en el proceso, transformar nuestro propio corazón.
Nuestra vida es una historia hábilmente escrita por el Gran Autor, quien obra para darnos un final grandioso, tal como lo hizo con Ester y Mardoqueo. Así que, si hoy vives bajo la sombra de algún Amán, si sientes que la desesperanza asfixia tu alma y te quita las ganas de vivir, no olvides que estás aquí por una razón. Darse por vencido no es una opción; tu vida es parte de una asignación divina. Fuiste puesto aquí a propósito y con un propósito. ¡Has sido creado por el Padre precisamente para un momento como éste! Un mensaje para atesorar.
No todos vemos los problemas de la vida de la misma manera. Algunos enfrentamos sus retos con miedo; otros con fe en un Dios que nos conoce y nos cuida. La decisión es de cada uno de nosotros. Si anhelamos alcanzar nuestro propósito de vida, nuestro llamado más alto, no escuchemos a los incrédulos ni a los pesimistas tóxicos. Enfrentemos nuestros temores con valentía y con la fortaleza de espíritu que mostraron siempre Caleb y Josué, sabiendo que no estamos solos en las batallas. ¡El Señor pelea por nosotros!
Una mayor gratitud no es el resultado de adquirir más cosas, sino de tener mayor conciencia de la presencia de Dios y de Su bondad. En muchas ocasiones, la gracia de Dios actúa en nuestras vidas, pero estamos tan ocupados quejándonos por lo que no tenemos que olvidamos agradecer por lo que sí hemos recibido. Sin embargo, no podemos ser adoradores genuinos si no tenemos memoria. Cada vez que enfrentamos una crisis, cada vez que un enemigo se acerca, debemos subir a la montaña para recordar y agradecer todos los milagros que el Señor nos ha concedido. ¡La ingratitud muere cada vez que recordamos!
El relato bíblico de la primera Navidad es sencillo y austero, muy distinto al “espíritu de la Navidad hollywoodense” que solemos celebrar, lleno de luces, regalos y consumo. No hay espectáculo ni adornos, sino una escena humilde que contrasta con nuestra festividad moderna, muchas veces blanda y mercantilista. Las Escrituras nos recuerdan que la Palabra de Dios entró al mundo en el llanto de un bebé. Por eso, en esta temporada, los cristianos estamos llamados a hacer una pausa y volver al verdadero significado de la Navidad.
Si sólo queremos confesar nuestros pecados, pero no estamos dispuestos a cambiar, significa que queremos la gracia, pero no a Cristo; ansiamos el perdón sin asumir consecuencias. Y es que algunas personas creen que la gracia implica no tener que cambiar ni reparar nada. Sin embargo, son la confesión genuina y la restauración las que nos permiten ser usados por Dios, al reconocer que no somos víctimas de la vida, sino que formamos parte de la “liga de los culpables”. Recuerda: Dios nos llama a dejar de escondernos y a venir a Él con sinceridad. Si nos humillamos y le traemos nuestro quebrantamiento, nos maravillaremos de lo que Él puede hacer con nosotros. ¡Dios usa las cosas rotas y las transforma!